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miércoles, 22 de septiembre de 2010

martes, 21 de septiembre de 2010

dos pescadillas



son las diez y mi ordenadador quiere despegar, perforar el tejado y viajar de la tierra a la luna. pero esto es ahora irrelevante, porque en la nevera esperan dos pescadillas de un kilo -¿cómo que pellizquicos?- recién llegadas de algún caladero africano para que las destripe y las incinere en mi pequeño horno funerario. en mi cocina forense, en mi cocina, en mi cocina, vaya. si el ministro de justicia supiera. pero no, él habla con ana pastor sobre la modernización de la justicia. y yo que pensaba que la justicia era atemporal, que no había una justicia antigua y otra moderna-de-medio-pelo, que las leyes morales eran universales y no sociales, que el adn dictaba y las secretarias del congreso taquimecanografiaban. las pescadillas no saben nada de esto. son cadáveres en el depósito, refrigeradas, en stand by, pausa fría, pausa polar. ya no es momento de autopsias. los protocolos son otros. es la ocasión ideal para obedecer recetas, cerrar los ojos y seguirlas paso por paso: precalentar el horno, cortar las patatas, salpimentar las pescadillas y tirarse por la ventana. si la receta lo dice lo hago. pero hay benevolencia en el mundo. no hay inducción al suicidio, solo instrucciones para preparar pesadillas sobre camas de patata.