Cuando descubres que alguien a quien quieres se va (…todavía más…) lejos, te duele en las tibias. No se si es cierto, es una deducción. Es decir: descubres que alguien se va y te duele… ¿por qué (why?) te duelen? porque (because) es probable que le quieras.
Probablemente de un amor más puro y inexplicable de lo que se pueda imaginar. ¿Y sabes por qué? Porque lo primero en que piensas es un conjunto de dos personas: “su madre y su mujer”. A ellas las tibias ya no le duelen… a ellas las tibias ya se les han hecho mazapán. Aunque, lejanamente, comparte con ellas miedos y preocupaciones… que hará… que comerá… quien cuidará de él… voy con él, que no esté solo, que no esté mal, que no le pase nada, Dios, por favor… en definitiva protegerle. Esto por un lado.
Por otro lado te entran ganas de verle, darle un abrazo, un beso en la frente y una bofetada amistosa en la mejilla… mirarle a los ojos y decirle: “¡A por ello!”… darte media vuelta y volver a desaparecer.