
Sin mediar palabra, ambos se dirigen al dormitorio principal, de puntillas ella, arrastrando los talones él. Si no fuera por los leves balanceos absolutamente injustificados de ambos, nadie diría que están lo suficientemente borrachos cómo para decirse verdades inconvenientes y mantener la mirada durante demasiado tiempo.
Alicia Seisdedos comienza a desvestirse como quien pela una cebolla, quitando las capas superficiales de satenes y crepés en roncos frufrus y sabiendo que acabará llorando al final. Enredada en un maremagnum de cintas, velcros, cremalleras, botones, hebillas, presillas y corchetes, se dedica con abnegación a liberarse de su armadura textil, mientras observa de reojo a su prometido, quién, sentado sobre la cama, parece observar las luces de la ciudad en dirección a la calle de Anna Gisors.
Desde que los presentara el invierno pasado, Alicia Seisdedos ha padecido sistemáticos episodios de pequeños celos en cafés, galerías comerciales, paseos marítimos, museos, jardines botánicos, restaurantes, casas ajenas, teatros y tiendas de anticuario. A decir verdad, no todos esos episodios se deben al hecho de haber tenido que presenciar impasible la manera en que las opiniones de Anna y Jacobo, no importa el asunto en torno al cual el grupo de amigos conversara, acababan convergiendo irremediablemente y derivando en sonrisas complices y miradas algo subrepticias. Pero haciendo honor a la verdad, sí que en su mayor parte.
No es que Alicia se sienta traicionada por ello, de hecho, es consciente de que cierta afinidad hacia las mismas cosas que hace que dos personas se enamoren, suele traducirse en cierta afinidad hacia las mismas personas, lo que tarde o temprano lleva a que uno de los enamorados siempre acabe encontrando razonablemente atractivo a alguno de los amigos de su pareja. Incluso ella misma, admite Alicia Seisdedos para sí, encuentra en Timoteo Gisors, el marido de su gran amiga y análoga Anna Gisors, innegables virtudes, pequeños detalles que reunidos en su cerebro en libre asociación, llevan a Alicia a complacerse esporádicamente en húmedas fantasías en las que Timoteo Gisors es indudable protagonista, y que, en cualquier caso, sobrepasan lo públicamente reconocible.
Sin embargo, que no se sienta traicionada no evita que Alicia Seisdedos esté algo molesta. Despues de todo, todos esos argumentos tan sensatos, no sirven para aplacar cierta furia, cierto regusto agrio de suave odio reconcentrado. Por ello, cuando Jacobo Valiente se acerca a ella para subirle la falda, bajarle las bragas y susurrarle al oido ahora vamos a follar
