Si hay algo que de pequeña no se me daba bien, estos eran sin duda los puzzles.
No me gustaba estar mucho rato encerrada separando fichitas por colores. Tampoco me gustaba tener que buscar las piezas laterales… construir el marco y luego llenarlo. No, no podía. Me aburría, el dibujo ya estaba hecho, no había nada que hacer. Ni colorear. Solo colocar piezas. En el orden que otro había establecido. Los puzzles hacían que me sintiera atrapada por una voluntad ajena.
Hoy tengo la sensación que esto es exactamente lo que me pasa, a mi y a mucha más gente. Y muchos no hacemos puzzles.
En general los hombres y las mujeres siempre me han parecido piezas de puzzles. No hay fichas mejores que otras. No las hay más grandes, no las hay más pequeñas. De hecho si haces con ellas un montoncito te parecerá homogéneo. Solo acercándote y observando con atención puedes apreciar la heterogeneidad de las piezas. Para que encajen tienes que seguir un patrón. Los colores… el marco… en otras palabras para encontrar la justa fichita para tu pieza solitaria es probable que tengas que buscar en un medio cromático común. Encontrar la continuidad. Es poco probable que una pieza azul encaje con una blanca… pero una azul tendiendo a celeste si es probable que encaje con una celeste tendiendo a blanca. Desde luego va a costar su trabajito juntarlas, por lo menos pruebas por todos los laditos una, dos, tres veces… y entonces: tachaaaan! Ya lo tienes! Otra veces por muchas vueltas que le des aquello no va. Otras veces te tiras medio mes (o media vida) con las piezas juntas y justo al punto de terminar el puzle te das cuentas que te has equivocado. No eran.
Serían tristes los puzzles si al final hubiera piezas imposibles de encajar. No le gustarían a nadie. Esto es lo que les pasa a los puzzle que nunca se han marcado, que se han montado y desmontado mil veces. En las cajas ya hay piezas que no encajan, que ya tienen los laditos consumidos de tanto forzar, que casi tienen el diseño borrado, que casi se le ha despejado la parte coloreada. Pues yo a veces me siento una pieza de estas, a veces sencillamente me siento una ficha perdida, “escondida” debajo de la cama.
Me gustaría encontrar otro niño al que no le gustan los puzles. Al que solo le gustan las cosas imperfectas como las piezas perdidas y imposibles de encajar. Un niño que sonría al encontrar una pieza perdida. Que mire debajo de la cama con cara de ilusión. Que haga de su “pieza perdida” su amuleto. Que la lleve siempre con el. Un niño que le de una patada al puto montoncito y al que le de igual el diseño. Que salga a la calle sin miedo a jugar a la pelota, a pelearse con los colegas y a hacerse hombre. Eso si, con su fichita de la suerte siempre en el bolsillo.





